
Toda la familia estaba reunida en esa pequeña salita del hospital aquel soleado sábado de 1986. Expectantes y ansiosos, deseaban que aquella robusta enfermera apurase su cansino andar para poder conocer de una vez por todas a la pequeña Sofía. Una vez que la enfermera les hizo entrega de su bebé a los orgullosos padres, un silencio absoluto reinó en el lugar… Sofía era diferente.
Lo que la pequeña Sofía ignoraba en esos primeros instantes de vida, era que en aquella ciudad donde nació, todas las personas tenían grandes bocas con las cuales podían expresar todas sus grandiosas ideas, sus imperiosas necesidades y hablar sin parar de lo maravillosos que eran. Era la ciudad de la elocuencia. Todos tenían algo que decir, algún oportuno consejo que dar y alguna apropiada crítica que hacer. Pero había algo que los habitantes de este pueblo no habían advertido; TODOS tenían orejas muy pequeñas. Seguramente nadie notó esto ya que estaban muy satisfechos y orgullosos de sus grandes bocas, con ellas podían conseguir todo lo que querían, ¿de qué serviría tener orejas más grandes? Sin embargo, la pequeña Sofía nació con una pequeña boquita y dos grandes orejas a los costados de su pálido rostro.
Durante sus primeros años, Sofía estuvo rodeada de mucho amor. Sus padres aún cuando creían que sus grandes orejas eran un defecto, jamás se lo hicieron notar. Siempre la hicieron sentir especial, ella podía oír lo que los demás no. Sofía era una niña tranquila, amable y muy educada; siempre estaba de buen humor y disfrutaba enormemente cuando estaba sola escuchando los sonidos del mundo: el canto de los pájaros, el soplido del viento en las copas de los grandes árboles de su jardín, la belleza de la música clásica e incluso los ronquidos de su abuela, eran cosas que le llenaban el corazón. Sofía soñaba con estudiar música y algún día componer hermosas canciones con las que alegraría a las personas. Haré del mundo una hermosa canción –pensaba- y así estarán todos felices, así como los pájaros.
Desde muy pequeña fue una niña solitaria con un rico mundo interior. Lamentablemente nunca pudo a darlo a conocer, ya que todos hablaban demasiado con sus grandes bocas y como la boca de la pequeña Sofía era diminuta al igual que las orejas de los demás, esto le significaba un gran problema de comunicación. Todo lo que tenía que decir pasaba desapercibido y esto la hizo volverse una persona muy introvertida. En su primera infancia Sofía tenía tres amigos, una rana que a veces cantaba en el canal de regadío al fondo del patio, su perro Milo y Horacio – su amigo imaginario – con ellos todo era perfecto.
Cuando Sofía entró al colegio no lo pasó nada de bien ya que los niños a veces en su inocencia pueden ser muy crueles y en este caso solían burlarse de sus grandes orejas. Ahí fue cuando por primera vez se sintió diferente, por primera vez sintió que su don no era valorado por el resto de la gente, se sintió fea y fuera de lugar. Ese día la pequeña Sofía llegó llorando a su casa. Su madre y sus abuelos corrieron preocupados a ver que le había ocurrido. De inmediato empezaron a aconsejarla y a decirle lo que tenía que hacer sin escuchar realmente lo que había pasado, pues claro, si había algo para lo que eran buenos eso era para hablar y hablar. Sin embargo, de todos estos consejos, la dolida Sofía se quedó con uno en particular, el de su madre. Esta le había dicho que antes que esperar ser querida por cualquier otra persona tenía que valorarse y aceptarse a sí misma, ya que si no lo hacía jamás sería respetada por los otros. Y así lo hizo, con el paso del tiempo sus compañeros no tardaron en notar lo maravillosa que era la dulce Sofía. Fue así como por primera vez en su corta vida tuvo otros amigos aparte de la rana, su perro y Horacio. Con ellos aprendió a jugar y a compartir con otras personas, conoció las miles de historias fantásticas que cada día le contaban sus nuevos amigos. Sofía estaba maravillada ya que veía en cada uno de ellos un mundo por descubrir y los niños a su vez la adoraban ya que ella siempre tenía muy buena disposición para escuchar lo que tenían que contarle. Sofía jamás juzgo a ninguno, todos eran perfectos tal y como eran para ella.
En esos tiempos Sofía disfrutaba enormemente cuando llegaba la hora de dormir, ya que era el momento en que le contaba sobre todo este nuevo proceso que estaba viviendo a Horacio – el único que tenía oídos para ella y que jamás se cansaba de escuchar sus historias- juntos conversaban y se reían hasta tarde, hasta que llegaba la hora de dormir. Sofía era inmensamente feliz.
Así fue como la plenitud llegó a la vida de Sofía, en el colegio tenía muy buenas notas y el cariño de sus amigos y profesores. Con el paso del tiempo, comenzó a interesarse por la lectura, la literatura y las artes, ya que en ellas encontraba la forma de expresar su interior y darse a conocer al mundo. Fue un día de otoño en el colegio, durante una clase de lenguaje y comunicación, donde vivió una de las situaciones que terminarían influyendo en su vida futura. Para esta clase Sofía en un ensayo se aventuró por primera vez a dar a conocer a otra persona sobre la existencia de su amigo Horacio. La reacción no se hizo esperar, la profesora – una mujer adulta, culta y que obviamente sabía más que ella- no dudó en cuestionar la existencia de Horacio, ya que según pensaba una niña de su edad ya no estaba para eso de “los amigos imaginarios”. Sofía se sintió vulnerada y ofendida, pero aún así algo de la perorata que le acababa de oír la dejó pensando sobre el tema… ¿y si realmente Horacio no existiera…? – se preguntó.
Fue en esa misma época, durante unas clases de música que Sofía conoció al que terminó por transformarse en su primer amor: David. Sofía estaba encantada por la cantidad de increíbles historias que David le contaba cada día – él era 3 años mayor que ella y era el nuevo bajista de la banda a la que pertenecía – era una persona mucho mas vivida que la inocente Sofía y fue gracias a él que comenzó a conocer los nuevos placeres del mundo adolescente. Sofía estaba enamorada, era muy feliz en su nueva vida y cada vez tenía más cosas por hacer. Las responsabilidades del colegio, sus amigos y David consumían todo su tiempo. Tanto así que cada día había menos tiempo para hablar con Horacio, hasta que finalmente un día dejó de hacerlo, después de todo “ ya estaba grande para esas cosas” – como un tiempo atrás le había dicho su profesora.
Ya habían pasado unos años desde aquél episodio, Sofía ya era toda una mujercita de 17 años. Todo en su vida marchaba de maravillas, sin embargo, había algo que la inquietaba, algo muy dentro suyo no la dejaba del todo tranquila por lo cual sentía un vació aún cuando no sabía por qué.
Un día lluvioso mientras caminaba por el jardín rumbo a la casa se encontró con un bulto que estaba tirado inmóvil en el barro bajo la lluvia… ese bulto era su perro Milo. Entre lágrimas y lamentos desesperados intentaba recordar la última vez que jugaron juntos como en antaño; ya había pasado bastante tiempo desde entonces. También recordó a la vieja ranita que nunca más fue a oír cantar en el fondo del patio junto al canal, y con esto también recordó al viejo Horacio. Había traicionado a los tres mejores amigos que tuvo en su vida. Y fue en el barro, bajo la lluvia y junto al cadáver de su perro que todo le quedó claro. Había estado tanto tiempo con la gente, que se había olvidado de los suyos y de si misma. Pero ya era demasiado tarde como para lamentarse o rectificar. Y fue en aquel lugar que por primera vez en su vida, Sofía se encontró cara a cara con la muerte y sintió deseos de irse con ella también. Esa noche lloró desconsoladamente hasta quedarse dormida sola y triste en aquella fría cama y a la mañana siguiente el mundo ante sus ojos ya nunca más volvió a ser el mismo. Una vez que la muerte sacude los cimientos de tu vida, es muy difícil que todo siga igual.
Desde ese día y luego de mucho tiempo, Sofía comenzó a hacerse las preguntas claves de su vida. Algunas le trajeron respuestas, otras no. Algunas le trajeron grandes verdades y estas a su vez una gran tristeza. Sofía por primera vez tuvo el valor de mirarse a sí misma y ver en lo que se había convertido. Revisó su vida entera, sus aspiraciones, sus miedos, sus relaciones y tuvo el valor de reconocer que en realidad nada era lo que parecía. Aún rodeada de toda esa gente, estaba completamente sola. Todo el mundo hablaba y hablaba de sí mismo, de sus grandes ideas, de sus absurdos problemas banales, pero ¿qué quedaba para ella?, ¿acaso alguien alguna vez se interesaba por saber cómo estaba, o qué pensaba, o por saber su opinión respecto a cualquier cosa? Claro que no!, bastaba con que Sofía comenzase a abrir su pequeña boquita para decir cualquier cosa, para que la interrumpieran y la redujesen a su posición de oyente pasivo. Nadie quería realmente saber del otro, nadie quería aprender del otro. Sofía comenzó a sentirse muy triste al notar todo el tiempo que estuvo inmersa en esa gran farsa. Siempre creyó que así era como funcionaban las cosas, pues desde que podía recordar había sido la niñita callada de las orejas grandes… pero ya no más, ya no más!
Al día siguiente Sofía despertó con la firme convicción de hacerse notar. En la mesa mientras tomaban desayuno, sus padres y abuelos hablaban sobre un reportaje en particular que habían visto en la televisión la noche anterior en el que hablaban sobre lo descarriada que estaba la juventud por esos días. Todos tenían mil argumentos que avalaban lo dicho en aquel programa, sin embargo Sofía no pensaba igual y por primera vez les dio su opinión. En esos pocos segundos posteriores a su comentario, Sofía pensó mil cosas sobre el impacto que sus palabras podrían tener entre su familia, se sintió tan expectante, pero no tardó en llevarse una gran desilusión. Todos siguieron hablando como si nada, como si ella jamás hubiese pronunciado palabra alguna. Sus bocas eran tan grandes y sus oídos tan pequeños, ninguno fue capaz de escuchar esas pocas palabras salidas de su boquita tan pequeña. La pobre Sofía se sintió terriblemente vacía al ver que en cada desayuno de sus 17 años de vida, nadie había notado siquiera que estaba ahí. Ya no estaba de ánimos para comer, así que se paró de la mesa y tomó sus cosas para irse al colegio. Si alguien hubiese sabido lo importantes que eran esas pocas palabras para ella, si alguien hubiese sabido cuando le costó hacer ese comentario, pero nada, todos estaban demasiado ocupados de sí mismos.
Esa mañana Sofía llego sin ánimos al colegio, la sala de clases para variar era un caos. Ruido y gritos por todas partes, sus compañeros revoloteaban por todos lados como un montón de animales salvajes. Que nostalgia sentía de sus primeros años, cuando pasaba horas completas junto a su perro y a Horacio escuchando a la pequeña ranita cantar en el fondo del patio, tardes enteras en que el sonido del viento y el correr del agua la hacían sentir plena. Sofía estaba absorta en sus recuerdos, hasta que para variar una de sus compañeras llego a contarle los miles de problemas que tenía con su pololo. Sofía la observaba en silencio, sin embargo su atención no estaba puesta en lo que le decía, estaba completamente ausente. Siempre es lo mismo, si está tan harta de él ¿por qué no terminarán de una vez por todas? – pensaba. Y fue ahí que se percató de un detalle que estaba pasando por alto, su relación con David.
David no era muy diferente al resto, el sólo sabía hablar de sí mismo y vanagloriarse todo el tiempo. Aún cuando disfrutaba el salir con él, visitar a sus amigos y tocar juntos en la banda, Sofía comenzó a sentirse vacía ya que había dejado de buscar meras diversiones pasajeras. Sofía necesitaba algo real, necesitaba conectarse verdaderamente con otro ser humano. Con el pasó de los días, las semanas y los meses; Sofía estaba cada vez más y más deprimida, cada vez estaba más fría y distante del resto, ya no soportaba tanta falsedad. Cada día era una nueva búsqueda de alguna conexión y cada día se convencía más y más de que estaba completamente sola entre la gente. Sofía empezó a sentirse ansiosa, empezó a fumar y a beber siendo que ella nunca antes había sido cercana a los vicios. Por breves instantes durante alguna fiesta o alguna salida con sus supuestos amigos, el alcohol la hacía sentir feliz y acompañada. Y fue así como sin darse cuenta comenzó a perderse en excesos.
Fue para el cumpleaños de David que la perdida Sofía tocó fondo. Luego de bailar durante algunas horas comenzó a sentirse algo cansada, así que fue a sentarse en uno de los sillones que estaban al fondo de la habitación. Todo estaba cubierto de humo de cigarro y una vez sentada en el sillón, Sofía comenzó a sentirse mareada ya que durante la noche había bebido bastante. Fue entonces que desde la distancia observó toda la escena. Todos parecían tan felices, sin embargo, cada uno estaba atrapado en su propio mundo. Que falsas y patéticas criaturas de roca – pensó. En ese momento David se acerco a Sofía para invitarla al patio, uno de sus amigos le había traído unas pastillas que según decía los harían llegar a Plutón. Una vez que las tomaron y volvieron a la fiesta, todo se sentía bastante normal, pero cuando por los parlantes comenzó a sonar la canción “The End” del grupo The Doors, todo se puso bastante extraño. Las luces parecían brillar aún más y el tiempo en momentos pasaba muy lento y en otros sumamente rápido. Todos se veían tan raros, Sofía siempre pensó que eran tan ruidosos como un montón de animales salvajes pero a diferencia de otras veces, esa noche todos ellos tenían la apariencia de algún extraño animal. Algunos con cabeza de lagarto, otros con colas de león. Sofía estaba maravillada viendo el extraño zoológico en el que se encontraba inserta. Algunos de sus compañeros eran hermosos animales de la selva, otros parecían unas extrañas aves, lo que a Sofía le pareció tremendamente gracioso. Cansada de tanto reír se aparto del grupo y volvió al sillón en el que hace un rato había estado. Curiosamente el hacer esto, la hizo recordar lo que pensaba antes mientras estaba ahí. El animo de Sofía volvió a cambiar y comenzó a sentirse muy triste hasta que un fuerte sonido llamó su atención y al alzar la vista percibió la escena mas horrible de toda su vida. Todos sus compañeros se habían convertido en un montón de grillos gigantes. Esta visión aterró tremendamente a Sofía la cual debe haber lanzado algún grito despavorido, ya que algunos de sus compañeros fueron a ver que le ocurría. Esto solamente complicó más las cosas ya que Sofía vio que un montón de grillos gigantes se acercaban a comérsela. Eran tan horribles y lo peor de todo era ese sonido que emitían. Ese “blablabla” la estaba volviendo loca. Así que salio corriendo al baño y se encerró en ahí. Fue ahí dentro que comenzó a sentirse mal producto del alcohol, el humo del cigarro y la extraña pastilla que le había dado el amigo de David. Todo daba vueltas en ese baño hasta que Sofía terminó por vomitar todo lo que tenía en su estomago. Luego de un buen rato salió del baño y fue a pedirle a David que la fuera a dejar a su casa, para variar este no la escuchó. Sofía alterada le dio una cachetada, discutieron y salió de ahí furiosa sin mirar atrás. Fue camino a su casa que descubrió que había olvidado su Clarinete en la casa de David, así que volvió a buscarlo y al entrar a la fiesta descubrió a David besándose con otra niña en el mismo sillón en el que ella estuvo un rato antes. Sus ojos se llenaron de lágrimas y salió corriendo del lugar con esa terrible imagen grabada en su retina.
Lloró desesperadamente todo el camino a su casa y una vez en ella, se encerró en el baño de su habitación. Inmediatamente volvió a vomitar ya que aún seguía bastante mareada producto de los excesos de esa noche, pero por otro lado lo hizo por el asco que le daba la situación. Se sentía tan patética, tan fea, tan tonta que decidió hacer algo desesperado. Bajo las escaleras de su casa en busca de unas cuantas cosas y una vez que las encontró rápidamente volvió a encerrarse en el baño de su habitación. Se miro al espejo con desprecio, y como ya no quería oír tantas falsedades por parte de todo el mundo tomó la aguja y el hilo que le saco a su madre y empezó a coserse sus grandes orejas para no volver a oír nunca más las mentiras de esa despreciable gente. La sangre no tardó en brotar y en pocos minutos el lavamanos estuvo completamente rojo. Su cara se sintió helada y comenzó a adormecerse, fue entonces cuando tomó el cuchillo que encontró en la cocina y comenzó a rajar su pequeña boquita para hacerla tan grande como la de los demás. La sangre broto a mares. Y fue entonces que llena de sangre miró su rostro mutilado en el espejo y solo una cosa alcanzó a decir:
- Perdóname… Horacio…
Luego de esto empezó a dejar de sentir su cuerpo y todo comenzó a volverse oscuro y frió. Su vida se extinguía luego de aquel acto desesperado. Y la última escena de la que tuvo conciencia fue la de su madre entrando desesperada al baño y seguramente gritando algo. Por suerte ya no podía oírla.
No sabía cuanto tiempo había pasado desde aquel confuso episodio, pero esa mañana cuando Sofía volvió a abrir sus ojos, se encontró con toda su familia y algunos amigos frente a su cama. Al ver que esta despertó, todos comenzaron a hacer lo que mejor sabían: hablar. Sofía no podía oírlos bajo las vendas que tenía en toda su cabeza, algunos seguramente la estaban criticando, otros probablemente querían saber el por qué de lo que hizo, pero ella sólo los veía mover aceleradamente sus grandes labios. Esto le hizo gracia. Todos seguían comunicándose de la única forma que conocían: hablando y hablando. Sin embargo, su pequeño primito le entregó una hoja de papel donde había escrito “todo ba a hestar vien” – sus ojos se llenaron de lagrimas y bajo las vendas sonrío....